Eso es lo que llevo sintiendo desde septiembre. Desencanto. Sin más, sin adornos, sin falsas palabras de aliento. Desencanto. Ni siquiera odio, o desprecio, sólo... eso.
Pensé que todo era cuestión de aguantar, pero no... la presión de dedicarle todo tu tiempo a algo en lo que no crees, de abandonar tu vida por completo en aras de un proyecto que ha dejado de ser bueno hace tiempo hace que no duermas por la noche. Lo sé bien. Sufro insomnio.
Así que lo he decidido. No me licenciaré este año, ni en junio ni en septiembre. Necesito terminar esto con el mismo espíritu con el que lo comencé, necesito no estar desencantada con el arte, necesito poder decir muy alto que soy historiadora del arte, y que me siento orgullosa. Y ahora mismo tengo la sensación de que todo vale una mierda, siempre y cuando la presentes en un bonito powerpoint de colores vistosos.
Y como siempre, he recurrido a mi tabla de salvación, a mi profesor favorito. Y voy a terminar la carrera este año, sí. A falta de dos asignaturas optativas. Porque el año que viene voy a dedicarme todo el curso a hacer un trabajo sobre sillerías de Coro. A disfrutar de las charlas con este profesor, de sus agobios para meterme prisa, de sus bibliografías eternas. Porque quiero que lo último que haga en la carrera merezca la pena y me deje con ganas de más, no con esta sensación de querer acabar ya a toda costa la tortura y que no vuelva a tener nada más que ver con ello en mi vida.
Un año más... ¿Qué es un año más cuando ya pasas de los treinta, estás en el paro y tu futuro es negro como boca de lobo? Total, da igual acabar a los 30 que a los 31... ¿no?
Eso trato de decirme desde ayer a cada segundo, que merecerá la pena. Y eso espero. Que la merezca.
